Teaser - Sara

Despertar Peligroso

     —¡Qué delicia! —pienso, mientras con los brazos trato de acercarme al enorme trasero redondo y firme de ese cuerpo que pareciera nacarado, y que no se ha cansado de jugar con mis senos. Hace no sé cuánto tiempo que estamos en esto, y sigue sin entrar en mí. 

     Hasta su nombre es hermoso: Mazao. Mazao, mi dios japonés. Mi samurái. ¿Los samuráis son japoneses, o son los ninjas? ¿Qué, los ninjas no son chinos? Me gustó desde la primera vez que lo tuve frente a mí, en aquel partido de soccer de nuestros hijos, y por fin lo tengo donde siempre quise. Lo vi ayer, en la cafetería donde pido mi latte de regreso de llevar a los chicos al colegio, y hoy estamos aquí, no sé cómo. Se veía tan hermoso en su traje azul marino, la corbata gris,  la camisa blanca y los zapatos bostonianos negros impecables. Se adivinaba un cuerpo perfecto debajo de la ropa. Pero no estamos aquí por eso. Estamos aquí porque tiene una sonrisa capaz de derretir un iceberg, y unos dientes perfectos que no envidiarían a un modelo de pasta de dientes.

     —Eres tan hermosa que no puedo dejar de besarte —me dice. 

     Abro los ojos por momentos y me deleito admirando al hombre que tengo sobre mí. ¡Es que está hecho a mano por los dioses, maldita sea! Tiene los brazos fuertes y torneados, y me abrazan con una mezcla entre pasión y urgencia que me tiene extasiada. Lo escucho gemir mientras sigue concentrado en mi par de montañas, una a una. Siento su lengua tibia rodearlas, lento y luego rápido. En la punta y a los lados, va y viene. De vez en cuando me muerde despacito, con la precisa cantidad de presión y caricia. Succiona y suelta, lame, muerde, y repite el ciclo infinidad de veces, mientras tiene la otra mano ocupada en mi sexo. 

     —Deseaba tanto este momento… Tienes un cuerpo tan divino —dijo entre gemidos.

     Me siento palpitar entre las piernas, y este hombre que no se apura a quitarme las ganas de tenerlo dentro mío. 

     Tiene las manos enormes y suaves. Dedos largos, cuadrados, gruesos. ¡Así, guapo, así! Estoy tan mojada que resbalan sobre mí con suma facilidad. Podría entrar en mi carne como si fuera un cuchillo caliente en la mantequilla, pero no. Se divierte haciéndome esperar y se limita a posar su mano sobre mi monte de Venus y un poco más abajo, moviéndola desde el pubis hasta donde comienzan mis nalgas, tocando de vez en vez con movimientos circulares en ese lugar donde convergen las tormentas. ¡Ya, por favor, entra!

     Pero no. Quita su mano de mi vulva, suelta mis senos, separa mis piernas con su pierna y apoya su cadera contra la mía, dejándome sentir todo su peso y el monstruo enorme ese que tiene por miembro. Duro, durísimo, largo y grueso. O, al menos, así lo siento yo. Me muerde, lame y chupa mi cuello, el lóbulo de mi oreja izquierda, y al mismo tiempo me agarra las nalgas y me aprieta contra él. Bufa. ¡En verdad bufa como un toro mientras yo me mojo más por ello!

     Baja lentamente por mi abdomen y mis piernas. Por fin lo tengo como siempre quise, literalmente a mis pies.

     —Tienes los pies más hermosos que he visto. Eres una reina de punta a punta.

     ¿Cómo sabe que me vuelven loca cuando me lamen los pies? No importa mientras no me suelte. Masajea mis plantas y al mismo tiempo lame con avidez mis dedos, uno a uno. Chupa y mordisquea, y el chasquido que hace me excita muchísimo. Siento su saliva bajando por mi piel. Sus dedos resbalan con una habilidad increíble. Claro, es japonés. Los japoneses dan masajes, ¿no? ¿O son los tailandeses? Me interrumpe sentir su lengua entre mis dedos, y dejo salir un gemido inevitable. 

     Ya. Basta. Necesito sentir a este toro dentro mío o voy a terminar loca. Separo al dios asiático de mí y lo tumbo a mi lado. Ha llegado el momento de tomar las riendas del asunto. De “su” asunto.

     Le subo los brazos sobre su cabeza y lo beso con pasión. Le dejo sentir mis senos en su pecho y me balanceo sobre él. Me levanto, separo sus piernas y me siento entre ellas. Admiro su cuerpo por unos segundos; él sonríe. Llevo mis ojos de su rostro a su miembro. Ahí está. Hermoso, palpitante, tan hinchado que parece que se le va a reventar. Es más grueso de lo que imaginaba. 

     Acerco mi boca y mis manos a ese monstruo que parece que tiene vida propia, y comienzo a lamerlo en toda su extensión. “Sara… Mi Sara”, dice apenas en un susurro. Lamo, chupo y trato de meterlo todo hasta mi garganta, pero es imposible. Mazao es ahora quien pide que lo monte. No puedo más, y le paso una pierna a cada lado de sus caderas.

     Puedo sentirlo en la entrada. Se me escapa un gemido y me detengo, pero Mazao sube su cadera y entra en mí en toda su extensión. Siento que me arden las entrañas, que se me corta la respiración, pero lo monto como si mi vida dependiera de ello, mientras me masajea los senos y me sostiene la mirada con su boca entreabierta y sus ojos de fuego. ¡Qué delicia, por todos los dioses!

     Subo y bajo, subo y bajo, con ritmo y avidez desenfrenada. Mazao me sostiene de la cintura y, al mismo tiempo, sube y baja sus caderas. Estoy a punto de venirme. Ya casi. Ya lo siento. ¡Siiiii! ¡Asiiiiiiii! ¡Oh, Dioooooooos!


     —¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta! —dicen mis hijos, mientras brincan en mi cama. Mis tres hijos, dos niñas y un niño. Ay, no. ¡Estaba tan cerca!

     —Buenos días, mi cielo. ¿Te sientes bien? Te quejabas dormida. ¿Te duele algo?

     —Buenos días, cariño. Tal vez. Creo que me cayó mal la cena —contesto a Peter, mi marido, mientras trato de evitar que se me note en la cara el sueño que acabo de tener.

     —Vamos, chicos. Bajemos a preparar el desayuno y dejemos que mamá se bañe. ¿Qué haremos este domingo, eh? ¿Vamos al parque? 

     —¡Siiii! —le contestan los niños.


     Quién me hubiera dicho que, a mis 39 años de edad, estaría yo teniendo sueños húmedos. ¡Y con el papá de un amigo de mi hijo, caray! Pero si no te falta nada, Sara, joder. Estás casada con Peter Johnson (sí, el Peter de tu juventud, el adorable y maravilloso), y tienes tres hijos divinos, un chico y dos chicas, como siempre quisiste. Pero cuánto polvo hay en esta ventana. Necesito cambiar las cortinas. ¡Chicos, dejen en paz al perro, madre mía!

     Amo a mi esposo y amo mi vida, pero este fuego ¿cómo lo apago, entonces? Mi marido es perfecto en todo, pero no me satisface para nada en la cama, hasta el punto de que nunca he logrado un orgasmo con él. Lo bueno es que soy jovial, alegre, de buen humor y maneras amables, que si no, yo no sé qué hubiera dicho al respecto. 

     Además, no creo estar tan mal físicamente… Peter ama mi cabello afro —tengo que hacer cita con Lana para retoque de las luces, por cierto—, y mis pecas de chiquilla, dice. Yo sé que casi diario ando de jeans, blusas, labial y máscara, pero joder… ¡Tengo tres hijos, un perro, una casa y un marido por atender! ¡No brinquen en los sillones, por favor, hija!

     Recuerdo aquellas veces en que me escapaba con mi hermano, el menor de los hombres, Joseph. Era una aventura total desde que abandonábamos la casa por la ventana de nuestras habitaciones, cuando los demás dormían. Si David no se hubiera creído tan mandón como papá, y James no hubiese sido tan bien portado, nos habríamos puesto unas divertidas épicas los cuatro. Pero no. Sólo éramos Joseph y yo, siempre juntos. No me has llamado, maldito. Arreglo esto y le marco…

     ¿Dónde habrá quedado la chaqueta que le presté a mi cuñada Myra? Preguntaré a David cuando lo vea.  Pero mamá tuvo la culpa. Yo nunca quise ser esa clase de chicas que se salía de su casa por las noches, pero es que mi señora madre le dio a mis hermanos todas las libertades, menos a mí. ¿Porque soy mujer, solamente? Pues sí. Según Mathilda y John, mis amados padres, las mujeres nacimos para ser mamás y amas de casa. Y no digo que esa no sea una buena idea, ya que nunca me interesó demasiado la escuela como a Victoria, mi mejor amiga. —Acuérdate de enviarles un mensaje al chat a Jessica y Vic. Un cafecito con las mejores amigas reinicia el alma. 

     —¿Aló?

     —¡Hermanito precioso! ¿Dónde te metes? ¡Que si no te hablo yo, no sé de ti ni por las luces!

     —Ya, ya, tranquila, que cada vez suenas más a Mathilda —ríe.

     —Soy hija de tu madre, ¿qué esperabas? —me carcajeo con él. —Oye, que tengo ganas de verte. ¿Quieres acompañarnos hoy al parque con los chicos? Va tu cuñado y le puedo pedir que se lleve el balón de fútbol americano.

     —Me encantaría, pero no puedo. Jessica me ha contado sobre el desperfecto en su cocina, y me he alistado para ayudarla hoy.

     —Es que eres un ángel, ¿eh? Si no supiera que toda la vida has hecho este tipo de cosas, juraría que te gusta Jessica…

     —¡Te juro que esta risa no es de nervios! Mejor cuéntame, ¿sabes algo de nuestros hermanos?

     —James sigue en el Congo como parte de sus actividades en el seminario, y David, bueno… Si no está en casa con papá, está bebiendo, o peleando con Myra, o una combinación de todas esas cosas. 

     —Lo de siempre.

     —Lo de siempre. Bueno, hermanito, que me tengo que ir ya. Te mando un besote, y no dejes de pasar a visitar a tu hermana favorita.

     —Eres mi única hermana…

     —…por ende, soy tu favorita —reímos juntos.  Te adoro, chao.

     ¡Pero qué desastre de cama! Si alguien entrara, pensaría que lo hemos pasado de lo mejor mi marido y yo… Pfff. Bien dicen que la educación se mama, ¿no, Mathilda? Siempre me dijiste que tenía que guardarme para mi marido, que eso hiciste tú, y que no te arrepentiste nunca, que la noche de bodas fue lo mejor de tu vida…   ¡Pues no lo fue para mí, mamá!, y pienso lo mismo cada vez que recuerdo esa fecha.

     Llegué a ese momento con muchísima expectativa. Ya había saboreado antes los dulces embates de algún amigo de mi hermano, sin penetración, y descubrí los orgasmos de manera casi accidental, aquella noche en la ducha. Ay, no… Debo cambiar la llave del agua caliente. Pero, ¡era mi noche de bodas! ¡El sexo con penetración debía ser maravilloso! Era Peter, estaba enamorada, era un súper hombre… Por supuesto que en los dos años de noviazgo ya habíamos jugueteado entre nosotros, mas nunca pasó mucho más allá de unos besos apasionados y un masajeo de tetas, pero prometía. ¿Qué podía salir mal? 

     Pues todo, mamá. Básicamente, NADA fue como dijiste. ¿De qué demonios me manché los pies? Necesito cambiar ya las esponjas de baño. Mis suegros nos regalaron una noche en la suite nupcial del Ocean Club Hotel en Cape May para que pasáramos la noche de bodas. Es un hotel bonito y moderno frente a la playa, al que ellos sabían que yo deseaba ir. Hasta ahí, todo bien. Los indicios de que algo andaba mal comenzaron cuando llegamos a la habitación, y Peter, bostezando, tuvo la maravillosa y oportuna idea de decir que moría de sueño. Recuerdo que lo miré con los ojos tan abiertos, ¡que un poquito más y se me salen de las órbitas! Creo que entendió mi confusión y molestia, porque me besó delicadamente, y dijo que él se ducharía primero para estar listo para mí. No tardó ni cinco minutos, así que me duché también. Y seguimos sin comprar esas baldosas divinas de las paredes de aquella ducha, por cierto. Definitivamente, fue lo mejor de esa noche.

     Ah, pero ahí estaba yo, en mi vaporoso camisón blanco, —me lo regaló mi tía Tessa— oliendo a perfume y jabón de rosas. Digo, no estaba tan mal… Piel morena clara, ojos vivarachos color miel, grandes; cejas pobladas y naturalmente delineadas. Nariz recta, pequeña, con la base un poco ancha. Labios carnosos, con dientes blancos y una sonrisa amplia, como de niña.  No tan alta ni tan pequeña. Diría yo que de una altura promedio. Mi torso es pequeño, mis pechos medianos pero erguidos —ay, mis senos— y brazos delgados. ¡Lucía muy bien, vaya! Una que otra peca que me da un aire de chiquilla, —siempre he amado mis pecas—, pero ahora estas caderas prominentes, nalgas grandes y redondas, y piernas gruesas, te acercan más a tu edad, Sara. 

     Mi flamante marido me esperaba en toalla, recostado en la cama. Me acerqué felinamente –o al menos eso pensaba yo— y lo besé apasionada. Yo esperaba que me tomara ahí mismo, pero Peter se puso de lo más nervioso, y al principio no podía conseguir la erección. ¡Desastre! Cuando al fin lo logró, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum! Y fue todo. Se vino, me besó, se quitó de mí, se volteó y se quedó profundamente dormido. No hubo romance ni pasión como lo que se podía esperar de una noche de bodas. No salieron fuegos artificiales de mi sexo ni caí rendida con las primeras luces del sol después de hacer el amor toda la noche… 

     Mi ahora esposo no volvió a tocarme sino hasta una semana después y, con la diferencia de que le fue más sencillo tener una erección, resultó en la misma historia. Intenté hablarlo con él, decirle que necesitaba más atención, pero fuera de unas caricias robotizadas y un manoseo torpe entre mis piernas, no hubo más. ¿Juguetes sexuales? ¡Ni pensarlo! A mi marido le pareció un insulto, y proclamó a los cuatro vientos y casi con el puño elevado que esas cosas no eran de una señora casada, que se lo dejáramos a los jóvenes. ¡¿Jóvenes, Peter?! ¡No teníamos ni 30 años!

     ¿Te arrepientes Sara? No. Peter es un marido modelo. Es fiel, amoroso conmigo y con los niños, responsable. Nos ha dado una casa linda de cuatro habitaciones en Bergenfield, en el condado de Bergen, Nueva Jersey, ciudad que tiene todo lo que un padre puede desear: un sistema escolar altamente calificado, bajo nivel de delincuencia y muchas actividades al aire libre para que todos participen. No nos falta nada. 

     Amo a mis hijos, amo mi casa, amo mi entorno. No cambiaría nada de lo pasado hasta ahora. Todo es perfecto. Todo, menos nuestra vida sexual. Si por mí fuera, tendría sexo aunque sea tres veces al día. 

     Desde muy joven, me di cuenta de que llevo el fuego por dentro, de que me prende a la primera una boca que sepa besar, lamer, chupar y morder a la medida precisa. Que me gusta el sexo fuerte y duro, ¡contra la pared o contra lo que sea! O al menos lo imagino, puesto que mi querido Peter no es precisamente apasionado en las artes amatorias. 

     Sin embargo, no sé quedarme cruzada de brazos o esperando a que los milagros sucedan, no. Si no he podido lograr tener un orgasmo con mi marido, al menos lo tendré sola mientras fantaseo con alguien que veo por la calle o con algún padre de un amigo de mi hijo. Me conozco bien, y sé cómo satisfacerme a mí misma; pero también sé que debo evitar caer en la tentación de llevar mis fantasías a la realidad, porque no sé qué podría pasar si la tentación llegara en el momento adecuado, de las manos correctas, en el lugar preciso.

     Por fin todos estamos en el auto y nos enfilamos hacia el parque. Vamos a Saun County Park, un lugar precioso con enormes árboles de especies variadas, áreas para picnic, canchas y un zoológico, por lo que hay bastantes actividades para que los niños corran, se diviertan Y SE CANSEN.

     Ojalá se durmieran temprano, pienso mientras veo a lo lejos a Peter jugando a la pelota con los chicos, corriendo con ellos como si fuera uno más.

     Peter. Mi Peter. Sigue siendo un hombre muy atractivo y muy bien conservado para sus 45 años. Ese 1.84 metros de estatura le queda divino. A veces creía que era demasiado blanco, pero ahora lleva la piel dorada por el sol. Eso es nuevo. Amo su cabello castaño entrecano, y casi ni noto esas entradas profundas en la frente. La forma de su rostro es cuadrada, lo que podría darle un aspecto recio, de no ser por esas cejas pobladas y rectas que enmarcan unos ojos azul rey no muy grandes pero que parece que sonríen siempre. Mis tres hijos heredaron la nariz recta y que le nace justo entre ambas cejas, y siempre me ha encantado su perfil. Tiene los labios delgados, sin mucho chiste; pero cuando sonríe, parece que lo hiciera con todo el rostro, y solo se le adivina la edad cuando miras con atención y ves las arrugas alrededor de sus ojos. 

     Recuerdo su cuerpo delgado cuando nos casamos, pero hoy en día tiene esa pancita que tienen los señores a cierta edad; sin embargo, últimamente ha perdido peso. 

     Seguro es por tanto que corre con los niños, pienso mientras preparo la mesa improvisada en el césped con los bocadillos que traje para la comida: fruta picada, pequeños sándwiches de salmón, queso en trocitos y té helado servido en unas divinas garrafas personales de cristal. Siempre he sido buena cocinera, y todo se ve prolijo y delicioso.

      —¡A comer, chicos! —grito, y muy pronto me doy cuenta de que los niños vienen a mí, pero no Peter.

     —¿Dónde está papi, cielo? —pregunto a mi hija mayor. 

     —Le sonó el teléfono y se apartó un poco para escuchar mejor, mami. 

     Echo un vistazo rápido y, efectivamente, miro a Peter hablando por teléfono, pero parece que no funcionara bien su celular, ya que lo está escuchando con el parlante cercano al oído.

     —Regreso en un momento. Voy a darle un susto a papi —digo a mis hijos con una sonrisa pícara en la cara. 

     Me acerco a pie puntillas a Peter desde la espalda, y poco a poco comienza a volverse clara una voz desconocida que sale del teléfono de mi marido. 

     —Me has dado la cogida de mi vida y no aguanto más las ganas de volver a tenerte entre las piernas, mi rey. Jamás había tenido tantos orgasmos en una noche. ¡Eres un salvaje! —se escucha por el parlante del teléfono, mientras Peter voltea un poco buscando a mis hijos, solo para encontrarse con mi rostro desencajado.

     —Peter, no…